Un jarrón con flores

Me he dado cuenta de que mis publicaciones últimamente no hablan de otra cosa que no sean ramos de novia. En este post voy a hablar de un ramo. Sólo de un ramo, sin apellidos.

Por el momento trabajo desde casa. No sólo durante esta época de confinamiento, quiero decir. Tengo mi taller instalado en la habitación de la niña, compartiendo el espacio, para poder trabajar mientras ella está entretenida con sus cosas (que al final acaban siendo mis papeles, mis plantillas, mis libros,…). En un futuro cercano (espero que siga siendo cercano a pesar de lo que estamos viviendo y la incertidumbre de lo que se avecina), estoy planeando montar mi taller en un local aparte. Un proyecto muy chulo y original, pero que ya te contaré en otro momento. Te cuento todo esto para ponerte en situación. No es mi estilo ponerte aquí unas fotos, decirte qué flores lleva el ramo y quedarme tan contenta.

Otra cosa que debes saber es que siempre acabo haciendo flores de más. Es imposible saber de antemano cuántas flores y hojas necesitaré para cada ramo de novia. Es así porque cada flor está hecha a mano, así que siempre hay diferencias de tamaño entre ellas. Para una floristería normal les resulta sencillo, ya que tienen un montón de stock para cada tipo flor que necesitan. En mi caso no, tengo que hacerlas antes. Así que siempre hago una estimación. Y como es normal, a veces acierto, y otras veces (la mayoría), o me quedo corta o me sobran. Así que voy acumulando flores sueltas.

En algunas ocasiones las flores que sobran las puedo utilizar en otro ramo. Pero al ser siempre flores personalizadas, hay algunas que están esperando. Porque no todo el mundo quiere rosas de color malva, o peonías fucsias. Y también están los especímenes de muestra. Esos ensayos que hago antes de afirmar que puedo hacer una flor y que me gusta cómo queda.

Así que te puedes imaginar que mi casa está llena de flores, sí. Pero sin orden ni concierto. Se acumulan, sería la expresión correcta. Seguro que ahora puedes visualizar la sensación que daba cierta parte de esa habitación (y si te soy sincera, parte del salón, que en el salón también había flores).

Con el tema del confinamiento, mi marido ahora teletrabaja. Y lo que antes era mi mesa de trabajo, se ha convertido en su mesa de despacho. He sido relegada a trabajar en el salón, mientras vigilo a la niña. Y como ahora él pasa más tiempo en ese cuarto, se fija en cómo está… Por lo que tardó poco en decirme que todas las flores que tenía sueltas podía ponerlas juntas en un centro, porque seguro que quedaban bien.

Así que cogí casi todas las flores (las de colores más vivos las guardo para otra ocasión), y monté un centro digno de una foto de revista. De esos que ponen en las mesas grandes. En el salón ahora solo tengo un jarrón, pero ¡qué jarrón!

Aunque parezca mentira, lo que me hacen falta son jarrones. Me he dado cuenta que los que me gustan y más uso para las fotos son los de boca estrecha. Menos mal que tenía uno de boca ancha (demasiado alto, pero con un poco de maña y celo todo se solventa; creo que tendré que hacer un videotutorial del truco).

Lo que antes eran “restos”, se han convertido en algo muy especial. A veces sólo necesitas que alguien te recuerde lo que eres capaz de hacer.

P.D. Me parece que esta es la entrada más larga de todo lo que llevo de blog. Creo que es un efecto secundario del confinamiento y de que la mayoría de mis conversaciones actuales son con una personita de 21 meses… Así que gracias por escuchar.

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